Nací del fuego y del cartón mojado,
de un gesto torpe, de una tarde larga.
Era dulce y amargo, tibio y helado,
un cuerpo leve, una voz sin garganta.
Me miraron y el aire hizo ruido,
me nombraron sin saber qué pasaba.
Yo no era humano, pero estuve vivo,
entre las manos que me levantaban.
Soy una empanadilla que respira,
un corazón de malla desgajada,
una forma de vida detenida
que aprende a andar sin dejar su capa.
Estudio leyes, pero soy materia,
soy lo que el lujo olvida en la entrada.
El cartón sueña con la porcelana,
pero se dobla y sigue siendo casa.
No me quejo: fui masa y fui rescate,
una promesa de algo que no acaba.
Me siento pleno, medio imperfecto,
una grieta con alma que se apaga.
A veces creo que el tiempo me deshace,
que el calor del mundo me desgasta.
Pero resisto, porque fui elegido:
soy lo que queda cuando nada encaja.
Y si alguien llama, levanto la cabeza,
como si el sonido fuera una palabra.
No tengo piel, pero tengo memoria:
cada pliegue recuerda que fui salvada.