
Marcelo nació en una madriguera de papel, entre restos suaves de cartón reciclado. Su cuerpo es pequeño y ovalado, cubierto por una piel rugosa que conserva las marcas de la cola de carpintero y las fibras abiertas del material. La cabeza triangular, casi quebradiza, sostiene dos ojos grandes que miran hacia arriba con una mezcla de miedo y curiosidad. Se equilibra torpemente sobre una sola pata, mientras su larga cola, irregular y frágil, parece buscar anclaje en el aire.
Su cascarón, agrietado en los bordes, nunca llegó a cerrarse del todo: de ahí brota su vulnerabilidad, pero también su deseo de seguir explorando. Vive en un mundo de papeles apilados, sombras de luz cálida y ecos huecos, donde cada pliegue resuena como un recuerdo. Aunque no entiende la tecnología, siente una atracción instintiva por lo desconocido, como si el brillo de una pantalla le ofreciera una promesa incierta.
Lo imperfecto —sus ojos descentrados, sus grietas torcidas— lo hace único. Marcelo no busca transformarse: solo desea existir, aunque le dé miedo el mundo que empieza a descubrir.