
Bajo una carrasca, en los campos secos del noreste de Aragón,
entre almendreras y olivos que guardan silencio,
los restos de un gallinero, los cartones y la paja dieron forma a un nacimiento solitario.
Los tractores, los jilgueros y los gorriones lo acunaron con su ruido y su canto.
Aprendió pronto a sostenerse solo.
Es frágil, pero firme; pequeño, pero tenaz.
Sin garras que lo defiendan, confía en sus dientes gastados y en la alerta constante de sus ojos.
Tímido, miedoso, desconfiado: vive al acecho del mundo.
Su voz apenas tiembla en el aire,
una respiración que se oculta más que se pronuncia.
Está hecho de paja: cuerpo, órganos, venas y miedo.
En su interior, una esfera dorada palpita como un corazón seco.
Nació entre ruedas de tractor y máquinas que rasgan la tierra;
sabe del progreso y de su sombra,
del brillo y del daño.
Prefiere los bosques que abrazan los cultivos,
los lugares donde la tierra aún huele a refugio.
Sus dientes rotos dibujan una sonrisa temerosa,
una expresión solo suya.
No busca miradas, sino respeto y distancia:
un poco de paz para seguir existiendo.