Nació del cartón húmedo y del zumbido de una fábrica al amanecer,
cuando el humo formó un cuerpo y tres gatos dejaron caer su juego sobre una caja vacía.
Fue entonces cuando el consumo tuvo rostro,
y el desperdicio, un corazón que latía con aceite usado.
Su piel es gris como la oficina donde nadie respira,
y en sus dedos hay migas, restos de ocio, promesas fritas.
Camina con la lentitud de quien mastica la rutina,
con un casco abollado que resuena como tambor en una guerra sin enemigos.
Cúter Jackson no mira pantallas: las adora.
Cada destello es un dios nuevo,
cada ventana iluminada, una plegaria que no entiende.
No tiene teléfono, pero escucha los timbres ajenos como si fueran cantos.
En su mundo de neones rotos,
donde el aire huele a plástico caliente y soja rancia,
Cúter busca una señal, una caja,
un altar de patatas donde fundar su religión del crujido.
Su estómago, partido y reparado con desechos,
late como un tambor reciclado:
cada grieta, una historia; cada tornillo, una esperanza.
De su boca ennegrecida cae una sonrisa grasienta,
un gesto torpe que intenta decir “te entiendo” pero solo pronuncia hambre.
Cúter Jackson no quiere salvar el mundo.
Solo quiere compartir su delirio,
invitarte a probar la sal que le sostiene el alma,
a morder la fe en lo simple,
a creer que —quizás—
una de cada cinco cajas de patatas fritas
contiene una patata deluxe.