Cartonia

Enma Guillén

Cartonia nació entre pliegues dorados de MonteCarton, donde el cartón se apila como orgullo y fachada.

Es liviana como un suspiro reciclado, pero su boca —grande, cilíndrica, insaciable— parece contener todas las palabras que el cartón no suele decir.

Tiene pestañas tan largas que hacen sombra a su mirada, coquetas como ella misma: habla, se escucha, se interrumpe, y vuelve a empezar.

Su cuerpo está hecho de planos que se doblan sin pudor, de uniones torcidas que revelan la mano que la construyó.

En sus bordes se asoma el alma del cartón corrugado, esa piel que respira cuando la luz la toca.

No tiene orejas, y tal vez por eso nunca calla: necesita que alguien, aunque sea el aire, la oiga.

Colirio la acompaña, con su gran oreja y su paciencia reciclada, mientras ella desaparece por temporadas entre los pliegues de la ciudad.

Cartonia vive entre el ruido y el silencio, entre la fibra y el eco.

No entiende de pantallas ni de cables: su conexión es pura presencia.

Cuando se mueve, cruje.

Cuando se calla, deja olor a cola y a historia.